La chica sin canción

Si me preguntasen qué quiero ser en la vida, lo tendría muy claro.  La chica de una canción. Siempre lo tuve muy claro en realidad. Iba de la mano con mi madre a los cinco años y se acercaba una de esas señoras con visones tan de acercarse cuando tienes cinco años, me atenazaba el mofletillo y me decía: Mona, y tú que quieres ser de mayor? Y yo le contestaba con voz de pito: “Yo quiero ser Michelle de los Beatles”

Y la señora se iba con cara de espanto. Y mi madre me decía que nunca más me volvía a sacar de casa, que si la pillan ahora los de servicios sociales diciendo eso le retiran la custodia.

Me parece que pasar a la historia con una canción dedicada tiene que ser lo más  que le puede pasar a una en esta vida. Me dio por reflexionar sobre esto hoy por la tarde, diciéndome que se me había pasado el arroz. “Pues sí, guapa, se te ha pasado el arroz”, me dijo Ringo Starr mientras se atusaba el flequillo. Y pensándolo, de repente, me entró una angustia existencial nunca vista y un gran sentimiento de culpa por no hacer las cosas a su debido tiempo.

Ser chica de canción es como ser chica de calendario, pero en fino. Ni la más guapa, ni la más lista, ni la de los ojos de bambi, ni la de las piernas de gacela. Las chicas de las canciones son aquellas que andan levitando siete centímetros sobre el suelo, que bailan todo lento aunque esté sonando puro rock and roll,  que no se acuerdan del final del chiste pero da lo mismo. Que piden un martini para comerse solo la aceituna. Que tienen vidas que son secuencias de Polaroid.

Que caminan por el lado salvaje de la vida. DEP Lou Reed.

Pensé en la vía rápida. Pensé pensé en escribirle a Raphael y contarle mi triste historia. Pensé en sobornar al que toca bachatas en la línea 6 para que me compusiese algo rapidito. “Una mezcla de chanson française con la voz de Joe Cocker, con mucho violin in crescendo y un solo de saxo al principio, por favor”. “Ahorita mismo mi sielito lindo”. No lo vi claro.

Y pensé en Michelle, y pensé en Angie, y pensé en Sweet Jane. Riéndose de mí las muy perras en ese limbo que solo alcanzan las chicas a las que les han dedicado una canción. Mientras fuman un Ducados, mientras beben una copa de champán con zumo de naranja. Todo muy chica de canción.

Es terrible esto de las cosas que se le  pasan a una de la noche a la mañana. Son muchas, estén alerta. Se van sin avisar, sin despedirse. Se abandonan al lugar de los recuerdos, ese en el que habitan todas las pequeñas y grandes cosas que una vez hicimos. O dijimos. O tuvimos.  O no hicimos, o no dijimos, o no tuvimos.

Se van como gatas por el tejado y  solo vuelven para darte un puñetazo en el estómago y dejarte k.o. Y hacerte pensar que ya no puedes volver atrás. O que, si lo haces, ya no será lo mismo.

Como el día en que uno deja de hacer globos con el chicle. Y luego se esconde para hacerlos.

Como el día  en que ya no  puedes pedirte una tortilla francesa en un restaurante porque no te gusta nada de la carta.

Como el día en que si recitas a Becquer pasas de ser un poeta a ser un pringao.

Como el día en que una deja de salir bien en las fotos de carnet y tiene que arreglarlo haciendo un bricomanía de filtros, contraste, grano pelicula, ojo de pez, brillo facial, bronceado, sepia, alisado, nitidez, luz de relleno, resaltes y corrector automático.

Como el día en que el camarero pone cara de  horror cuando le pides un malibú piña

Como el día en que la chica del super mira  tu caja de galletas con forma de dinosaurios, te mira a tí, y vuelve a mirar a la caja.

Como el día en que ya no puedes entrar a un Bershka sin perder la dignidad.

Como el día en que ya no puedes decir que no te engancha ninguna serie de la Fox.

Como el día en que no puedes confesar que no has visto El Padrino sin que en tu grupo de amigos se haga de repente un silencio generalizado, la música de fondo se pare de golpe, el dj dirija el rayo láser hacia ti y el camarero te invite a abandonar el local. Y tus amigos te escriban al día siguiente al whatsapp: Te quiero, a pesar de todo. Guiño.

Y ese día, creanme, llega de la noche a la mañana.

Como el día en que una pareja de abuelitos te dejan paso en el autobús.”Deja pasar a la señora”, le dijo él mientras cortaba con el bastón el paso de su mujer.( Yo lo he vivido, lo juro).

Y ese día, una entiende que ya no puede ser chica de una canción.

Sean felices, y no dejen nunca de hacer globos de chicle… Porque ese día, será el principio del fin.

chica chicle

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Un pensamiento en “La chica sin canción

  1. Nunca dejes de querer ser la chica de una canción.
    Iba leyéndote en el tren con un horrible dolor de cabeza y, de repente, el chicle, Becquer, el dj que me mira por tampoco haber visto El Padrino (ssshh), me han dibujado una sonrisa en mis labios. Mi cabeza ha dejado de palpitar y te he sentido cerca con tu especial manera de contar historias.
    Gracias por volver a escribir como tú solo sabes.
    Un besazo, preciosa.

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